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Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Fuerza sobrenatural

Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Salmo 46:1.

Aún recuerdo la frescura y la quietud del amanecer de un domingo, cuando el sol apenas despuntaba. Caminaba por un lugar tranquilo, solitario, lleno de árboles y lagunas donde se criaban peces, al pie de un cerro. Me encontré con un hombre moreno, alto, fornido que, pensé, no había visto antes. Lo saludé, y continué mi camino; pasé un cerco y comencé a subir el cerro. De pronto, recordé a aquel hombre y sentí una extraña sensación. Miré hacia atrás. Sí, me venía siguiendo.

No había nadie en ese lugar, excepto una casa un poco retirada; y pensé lo peor. ¿Qué hago? -me dije-. Si corro, me canso, y falta mucho por subir; de un lado hay lagunas, del otro, el monte. La decisión estaba tomada: detenerme. El sujeto estaba a unos pasos. Elevé una corta oración como la de Pedro: Señor, ¡ayúdame!

El hombre me tomó con fuerza, y grité por auxilio. Pero yo sentía una energía que no era mía. Aunque el hombre era fuerte, no pudo vencerme; resbalé y caí entre espinas. Entonces intentó estrangularme con una toalla, pero resistí. Constantemente, durante mi lucha, clamé a Dios; y cuando ya estaba dispuesto a abusar sexualmente de mí, le arranqué media mejilla con mis dientes. En ese momento, cuando pensé que estaba sola, Dios envió en mi ayuda a una señora con un solo brazo y un enorme machete para defenderme. El hombre, enfurecido, huyó.

Yo tenía solo 16 años, pero Dios me ayudó a ganar la batalla. No fue fácil. Estuve a punto de morir. Pasé muchos días sin mover el cuello, con arañazos por todo el cuerpo, llena de heridas causadas por las espinas. Luego se supo que el abusador era un soldado y un violador en serie. Acudí a las autoridades, pero no se hizo justicia “por falta de pruebas”.

Tú y yo estamos expuestos a un mundo donde predominan los abusos, las violaciones y toda clase de injusticias. Por eso debemos vivir en comunión con nuestro Salvador para recibir fuerzas físicas y espirituales. “Cuando más débiles e impotentes nos reconozcamos, más fuertes llegaremos a ser en su fortaleza” (Fragantes promesas, p. 36). Dios nos ampara, nos fortalece y nos auxilia 

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